Nunca hemos recorrido ningún camino juntos, tú y yo. Ibas siempre en la carretera paralela. Quizás por eso dejé de creer en el olvido en el instante en el que dejé de creer en ti.
Conozco bien la historia del rayo que te parte los huesos y te
deja en la mitad del patio. Lo vi desde lejos y te estoy cuidando desde aquí
porque en ninguna de nuestras llamadas me confesaste que era yo quien
necesitaba el botiquín de emergencias. Estoy regando los recuerdos que compartimos y
se están haciendo cada vez más pequeños.
Hoy ha venido el médico a verlos y se ha marchado con esa mirada de “lo siento.
Ojalá pudiera hacer algo más”. Pero yo sé que esos recuerdos no pueden morir. Los estoy regando
porque ya están
muertos.