24 feb 2013

He intentado llenarte con todo lo que soy pero tú sigues vacío de mí.


Ni conmigo ni sin mí. Ésa es tu idea. Y yo no puedo pensar en respirar sin pensar en ti. Y me ahogaré como Ofelia pero mis flores serán tus carcajadas y me hundirás y no te hundiré porque no soy capaz de hacerlo. Pero tampoco quiero.

Ellas no escriben consejos que no siguen en las primeras páginas de sus libros favoritos ni pegarán tiritas en las cubiertas de los tuyos. No van a contar tus lunares ni dibujarán en tu espalda líneas que los unan formando constelaciones. No beberán café mirándote a los ojos, no respirarán mirándote a los ojos porque mirarte a los ojos es la única forma posible de respirar.

Tú no verás mis vestidos de flores ni mis extrañas medias. No me quitarás esos vestidos ni esas medias. Tampoco querrás hacerlo. Tampoco quieres hacerlo.




17 feb 2013

No estás hecha para él. No estás hecha para nadie. Estás hecha para ti. Para sonreír, para darte mil hostias, para que te den otras mil hostias, para aprender de esas dos mil hostias.
No te va a salvar él, no te van a salvar ellos; no te va a salvar nadie excepto tú misma.
No tienes que salvarte de él, ni de ellos; te tienes que salvar de ti misma. Y tampoco puedes salvarlo a él, ni a ellos. Sólo puedes amarlos. Y nunca podrás hacerlo como quisieras ni como quisieran, porque el amor no es suficiente. Pero puedes intentarlo. Siempre intentarlo hasta que te sangren las rodillas.
Pero deja de quejarte desde esa bañera llena de agua de que no ha parado de llover desde que llegaste. 
Sé lo que es pasarse la vida pisando gusanos para después llorar porque no encuentras ninguna mariposa. Se pasan la vida. Te pasas la vida. Y la vida también pasa. 
Las cosas no son como tú las ves porque las ves como tú eres. ¿No crees que has querido demasiado como para tener ahora miedo de querer? No olvides que eres una persona y no un personaje. Y recuerda que ellos también son personas, aunque a veces parezcan personajes. 

Que no vives en una cárcel. La cárcel eres tú misma.
El azúcar se acaba cuando derramas el contenido de un salero demasiadas veces. No notas la diferencia. No notes la diferencia. Es más fácil andar haciendo daño que dejar que te lo hagan a ti. Qué cobarde. Mejor cobarde que loco. Para ti. Es triste. ¿Cómo se puede llegar a perder la capacidad de amar? A mí no me importa. Te juro que no. Hazme daño, rómpeme en mil pedazos, úsame. Da igual. Nunca vas a ser mío. Ni de nadie. ¿Para qué? No dejar que pase. No dejarnos pasar. Pero cuéntame, ¿te parece más fácil dar trozos de nada a trescientos rostros borrosos o prefieres dar algo de ti a una cara sonriente? Y ¿a caso te importa que sea más fácil? Sé que a ti sí. Pero no. Que tú eres un cobarde. El cobarde. No me digas todo mientras piensas en nada porque ya sé que la única diferencia eres tú. Un abismo. Y qué frío hace. Frío dentro de ti. Porque quieres. Porque eres incapaz de dejar que alguien te abrace. Y los abrazos no matan. Y te morirás de frío. Porque mañana no existe (¡sorpresa!). Y ahora estás aquí. Y yo no voy a volver a llamarte porque sé que no vas a descolgar.