Como las canciones que te ponen tiritas en el alma y después te la destrozan a golpes. O viceversa. No tengo en las manos más que heridas. Y me dices que hoy es domingo como si el calendario alguna vez se hubiese atrevido a asomarse a este colchón. Llevo mi vestido de flores y miro por la ventana pensando cuántas personas habrán muerto sin enamorarse, porque ya sé cuántas personas se han enamorado sin morir. Y me gustaría ir a verte y recitarte la lista de cosas que nunca te dije, porque ya me la he aprendido de memoria. Me gustaría ir a verte y enfadarme una vez más contigo porque me miras los labios en lugar de besarme. Sólo espero que sepas que yo nunca te elegí. Ni siquiera te elegiría ahora. Porque en el fondo los dos sabemos que somos esa maleta que se pierde en un aeropuerto y su dueño no se da cuenta de que ha desaparecido. Como todas las ciudades que hemos visitado en las que no te he visto dormir, y las promesas muertas. Porque sabes que los viajes son distintos cuando tienes la certeza de que vas a volver. Y ahora intento pasar las noches fuera y me mantienen despierta sacándome a bailar. A veces ya no estás en mi cabeza. No puedo dejar de decirte que tu alegría se mide en mis tristezas, sin el viceversa. Ojalá quisiera hacerte daño. Porque ya he estado aquí antes y no sé si puedo volver. Pero aún soy la chica de las flores en el corazón. Tampoco ahora llevo paraguas y sigo saltando en los charcos en lugar de irme a dormir. Llorar es mi forma de preguntarte si esta vez te vas a quedar. Cuando atravieso la ciudad andando y nos cruzamos siempre finjo no verte, pero me paras y ya no sé si hay diferencias entre la gente que me puso tiritas en el corazón y la que me lo hizo pequeño a golpes.